Cuando les pregunto cuánto tiempo llevan aquí, todos responden lo mismo: «Mucho tiempo». Cuando les pregunto cómo acabaron aquí —después de haber estudiado aquello, después de aquel doctorado, después de aquella pasión por otra cosa, de aquella esperanza, de aquella historia personal—, todos responden lo mismo: «Bueno, ya sabes, así es la vida». A veces, si no hay clientes cerca a los que atender, siguen hablando: «Este trabajo está muy bien. Respetan los horarios, no pagan mal, nunca ha habido problemas entre los compañeros. Pero al final no deja de ser un trabajo, eh. Ninguno de nosotros quiere estar aquí».
Está terminando mi primera semana en la tienda. Hoy, un hombre pasó caminando a mi lado, agarrando la mano de su hija pequeña para que no se escapase mientras ella se retorcía. En el suelo, frente a una mesa ocupada por la montaña de pantalones que estaba ordenando, había un juguete que pertenecía a otro departamento. La niña lo señaló con los ojos iluminados y mientras intentaba liberarse de la mano de su padre, dijo: «Mira, papá, alguien ha dejado eso ahí tirado». El hombre contestó: «Ya veo, ya. Pero no hace falta que lo recojas tú». Entonces se dio cuenta de que les estaba mirando mientras me reía, y dijo en voz alta: «Es que son muy listos. Son muy listos». Después salieron de la tienda y yo recogí el juguete para colocarlo en su sitio, deseando irme con ellos, o con cualquiera.
Escribí eso creyendo que podía estar empezando algo, y después me pasé semanas sin volver a abrir el documento. Este calor espeso que me baja la tensión y que no me deja dormir tampoco me permite pensar con claridad. Al final resultó ser cierto que el trabajo no estaba tan mal: me gusta el dinero y me gusta estar ocupado. También disfruto de que el tiempo esté ordenado y de que las semanas tengan sentido, de ser capaz de diferenciar un lunes de un sábado, por ejemplo. Sin embargo, escribir esto me hace sentir como si estuviese confesando algo casi vergonzoso, como si dejase algo atrás y me entregase a un montón de pequeñas exigencias, como si me conformase abiertamente con la rutina o renunciase a un hambre que antes solía ser tan importante para mí. También podría decirse que me siento tranquilo, pero derrotado; distraído, pero consciente de las cosas a las que he estado renunciando.
Creo que se entenderá mejor lo que quiero decir si describo algo que ocurrió hace unos días.
Mis padres invitaron a unos amigos a comer y yo decidí escaparme a casa de mi tía. Mientras tomábamos el café de la sobremesa me contó que, al abandonar Francia —donde pasó varios años viviendo en la Provenza—, viajó a Brasil con su hijo de siete años. Se fue de Francia huyendo de una mala relación y de una persona, como ella misma la definió, conflictiva, pero con la que descubrió mucha música y mucha literatura. En Brasil conoció a un hombre guapísimo que no sabía leer ni escribir, junto al que pasó una breve temporada, y que, en el momento en el que mi tía tuvo que volver a España porque su visado de turista caducaba, le repetía: «Pero ¿cómo vas a irte? Ahora que te he conocido». Mi tía se fue, de todas formas.
Le pregunté por qué nunca volvió a Francia, donde había sido tan feliz, cuando pasó el tiempo. Ella me devolvió la respuesta más evidente y también la más aterradora: «Bueno, porque me acostumbré a estar aquí, me acomodé». Cuando le pregunté si alguna vez había pensado en regresar a Brasil para buscar a aquel hombre, se quedó en silencio y luego dijo: «Ya, tienes razón. La verdad es que también podría haber vuelto a Brasil, pero no lo hice».
Lo que intento decir con esto, es que yo, inevitablemente y a lo mejor de forma egoísta, pensé en mí mismo mientras la escuchaba hablar. Y pensé en que hace ya un año que volví a este pueblo. Que en algún momento empecé a pensar que el trabajo en la tienda no estaba tan mal. Que me gusta el dinero y me gusta estar ocupado. Pensé en que he estado distraído, y en que no he escrito nada desde hace semanas.
Hoy he solicitado el contrato indefinido. Intento no desesperarme, pero a veces me desespero. Me desespero y pienso: «No estoy hecho para este mundo». Lo pienso como diciendo: «Soy peor, no resisto, saber conformarse es una virtud y yo no la tengo», y también pienso: «No sé si la quiero tener». Y me hago una pregunta de enfermo: «¿Cuánto tiempo hasta tener la vida que uno quería?». Y aquella respuesta que se quedó en el aire: «Mucho tiempo».
Yo creo que el orden externo y vital permite fluir al caos interno, dejarlo salir. No es lo que vives, es tu forma de mirar (y de saber contarlo) lo que nos gusta de ti. Eso es lo que tienes que hacer: seguir escribiendo: desde una tienda, un pueblo, un monte o Madrid. Gracias por compartir, siempre es un placer ser tu lectora.
Hay veces que todo gira tan rápido que hasta la propia ambición, entendiéndose como un lugar en el que intentar vivir de lo que te hace feliz, se vuelve una travesía tan compleja que es mejor dejarse llevar por lo sencillo y, así, vivir una vida sencilla.